sábado, 22 de marzo de 2008

viernes, 7 de marzo de 2008

Tres Grises Hijas de mi barrio.

Consecuencia de tristes versos abandonados todos, asomó una mañana en mi camino al trabajo el alarido ciego de la cruda hambre salido de unas mínimas criaturas recién nacidas, al interior de una miserable caja de cartón que escondía a estos tres seres, que en su aspecto tenían mas cercanía a unas lauchas envenenadas que a las tiernas felinas que disfrazaban sus raquíticas, sucias y maltratadas vestimentas, sus cristalinos ojos grises como todo el color que pintaba sus cuerpos, suplicaron enfermas por que concediese a sus perdidas vidas unos segundos de grato respiro; en sus convalecencias mi corazón resbaló sobre sus bocas y no dude complacer con hidalguía sus primarias necesidades con el fin de regalarles la esperanza de una mejor vida. A través de mis manos intente reemplazar osadamente las atenciones de una madre, me convertí durante seis dias en el payaso de una de estas tragedias intransables cuyo desenlace solo aplacé, y mis cuidados no lograron quitar aquella hoz que arrastrábales a los hermosos seres lentamente, posiblemente les falto el calor de los tiernos pezones que les fueron arrancados de los labios a tan prematura edad, el abrazo del vientre de una madre para vivir en aquella grata fantasía que escuda nuestra niñez del pérfido mundo en que caminamos, una áspera lengua que se arrastrare por sus bigotes y les pusiera lindas, con aquellos ojos despiertos, juveniles y sus colas traviesas culebreando al ritmo del corazón de aquella madre que perdieron de vista a incierta distancia en dirección a un mortuorio destierro.
Desesperadamente contemplé impotente desfallecer sus débiles almas, la despiadada hoz les arrancó el aliento de súbito, dejándome entre las manos en una sublime agonía a la ultima de aquellas grises hijas de mi perverso barrio, a quien abracé y contuve en su ultimo respiro, languidecida me regalo una mirada llena de aquel misticismo del que se baña el ser que alcanza un clímax, y con sus ojitos entreabiertos musitó en su breve alarido una melodía con el color de la muerte, quedando su vista fija y perdida en aquel horizonte infinito del que jamás se regresa, con sus carnes ya putrefactas y las fecas que rodeaban todo su cuerpo por la deplorable enfermedad.
Rápidamente las moscas se dejaron caer con esa hostigante arrogancia de buitres asquerosos, impertinentes como siempre, atestaron los cadáveres, dejándome sin tiempo siquiera para contemplar sus cadáveres. Ante mi precaria situación, solo me quedo convertir aquella caja en que intercambiamos un trozo de cada uno en un ataúd de cartón, pagarle a un camión recolector de basura para que las llevase directo a las fauces del culo de mi barrio, convirtiéndolas en polvo y devolviéndolas a la naturaleza cuyo azar envio a un destino maldecido por el caprichoso animal superlativamente absurdo llamado ser humano.

Un viento recorre las sublimes asperezas del teatro de la vida, develando secretos míseros en mínimas acciones de la cotidianidad.

Claudio Fernandez (el loco)